Cuba aparca el verde oliva, pero no la dificultad

Resulta difícil esbozar una imagen de una Cuba que no esté apuntada por el apellido Castro. Desde aquel 1 de enero de 1959 en que un conjunto de barbudos salió de las montañas para tomar La Habana y despedir al dictador Fulgencio Batista, dando de esta manera arranque a la revolución socialista, los hermanos de origen gallego Fidel y Raúl eligieron siempre y en todo momento sobre el destino de la isla.

No obstante, de manera oficial desde el primer día de la semana semeja viable. El pequeño de los Castro ha entregado las bridas del Partido Comunista, como hace unos años abandonó la presidencia a favor de Miguel Díaz-Canel y renunció a los uniformes verde oliva, color que fue el símbolo inequívoco del régimen, para vestir trajes.

¿Se ha acabado una temporada? ¿O, por contra, Raúl, a puntito de cumplir 90 años, sencillamente permitió un retoque burocrático y Cuba cambia a fin de que nada cambie? ¿Un fácil remplazo generacional que oculta una continuidad política del partido único? ¿Un ‘cambio estafa’, como protege la oposición?

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Díaz-Canel, el primer gobernante civil de la Cuba comunista, se compromete a proteger la continuidad y afirma que proseguirá consultando al viejo general, quien prometió consagrar hasta su último aliento a la defensa «de la patria, la revolución y el socialismo» advirtiendo de «cualquier fallo o deficiencia». Todo apunta a un modelo semejante al de China en el momento en que Deng Xiaoping no tenía ningún cargo pero todo había que consultarlo con él.

Sea cierto o no, el recambio tiene rincón en la mitad de una pandemia y una crisis económica afín a la vivida tras la desintegración de la Unión Soviética y el objetivo de su auspicio al castrismo. El embargo económico estadounidense -vigente desde 1962- se ha aliado con el covid a fin de que un 60% de la población afronte esta vuelta de página sumida en una situación de gigantes faltas.

Las sanciones agudizadas por Donald Trump y el objetivo del turismo -el auténtico motor económico- han contraído la economía un 11% en 2020. La población pelea con la escasez de todo, desde comida -con enormes colas en los mercados- y modelos básicos hasta medicinas. Todo ello llevó a una espiral inflacionaria que desató la última unificación de ámbas monedas del país. La isla podría registrar este año una inflación de hasta el 500%, lo que conllevaría ocasiones de hambruna.

La ‘papa ardiente’ tras la ‘jubilación’ de Raúl Castro todavía es las pretensiones internas, que han avivado el descontento popular con un modelo de Estado que en seis décadas no logró cumplir la promesa de socialismo próspero. Desigualdad, falta de eficacia, abandono del campo, sueldos precarios y falta de modernización del sistema de finanzas son varios de los varios inconvenientes.

El viaje desarrollado por Raúl Castro con reformas económicas -siempre y en todo momento centralizadas- y la reconciliación con Washington no han surtido efecto. El restablecimiento de relaciones y la visita de Barack Obama en 2016, la primera de un presidente estadounidense en 88 años, produjeron una mejora en la vida. Pero Trump lo dinamitó todo y la promesa se diluyó. Eliminó los canales legales de envío de remesas, endureció los requisitos para viajar, vetó los cruceros, prohibió los vuelos a todos y cada uno de los aeropuertos salvo al de La Habana y reincluyó a la isla en la lista de países patrocinadores del terrorismo.

Se suponía que la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca suavizara las tensiones, pero el que fuera vicepresidente de Obama tiene inconvenientes mucho más esenciales que solucionar como el covid o la inmigración en su frontera sur. Eligió por el inmovilismo por el hecho de que las preferencias de su orden no miran hacia entre las cinco últimas naciones marxistas en el planeta adjuntado con China, Vietnam, Laos y Corea del Norte.

Socialismo de mercado

El cambio real en Cuba va a depender de la administración del enorme ubicado a 90 millas y de terminar al aislamiento de un régimen que importa el 80% de lo que consume. Díaz-Canel charla ahora de «intención» para «desarrollar relaciones de amistad y de cooperación con cualquier país». La única vía de escape puede ser un modelo de socialismo de mercado, como el de China. Otros ponen como un ejemplo a Vietnam. Por ahora, solo se contemplan pequeñas aperturas a la idea privada en campos no estratégicos, sosteniendo el monopolio del Estado sobre producción, comercio, educación, salud y comunicación.

Pero el partido asimismo se juega en la isla, cada vez menos atasca. Estuvo bastante tiempo sin informarse ni expresarse. Sin embargo, en 2018, con la publicación de internet móvil inteligente, el régimen dejó entrar a novedades no estatales y a arrimarse al resto de todo el mundo. La expansión gradual de la red de redes ha desgastado en menos de un lustro el control del partido sobre el ingreso a la verdad. Los conjuntos de la sociedad civil sin dependencia han aprovechado la pérdida de esta hegemonía para ubicar su mensaje y ganar seguidores.

La oposición se lleva a cabo ahora en las comunidades e inclusive el histórico lema innovador ‘Patria o muerte’ se convirtió en ‘Patria y vida’ en boca de raperos cubanos establecidos en USA. La canción ya es un himno de los recientes disidentes.

Manifestaciones contra la censura y opresión han surgido por vía digital frente al malestar de un régimen que ha abierto la mano en la venta de coches y casas, la liberalización de las profesiones privadas y en el momento de ofrecer premiso a los 11,2 millones de cubanos para viajar al extranjero, pero que charla de «patrañas», «manipulación» y «subversión», al charlar de internet. Pero por el momento no hay sitio a una marcha atrás. Pese a su prominente precio, 4,2 miles de individuos están conectadas. La incomodidad popular, ahora aparente desde el exterior, puede traer el auténtico cambio.

La contrarrevolución, que no tiene base popular, liderazgo y aptitud movilizadora, nucléa su activismo en las comunidades. La subversión está en la red.

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