Bill Brandt, el fotógrafo genial que renegó de su afiliación alemana

Está a la altura de los enormes profesores de la fotografía. Bill Brandt es al lado de Brassaï o Henri Cartier-Bresson entre los progenitores del arte fotográfico moderno. Lo paradójico de este hombre es que captó la huella de su tiempo y al unísono procuró sepultar todo vestigio de su pasado. Nativo de Hamburgo bajo el nombre Hermann Wilhem Brandt en 1904, borró sus raíces germánicas para pasar inadvertido en el Reino Unido, en donde el nazismo logró que se aborreciera todo cuanto venía de Alemania. Se tomó tan seriamente lo de abjurar de sus raíces que en el momento en que se asentó en Londres, tras breves estancias en Viena y París, afirmaba ser británico sin mancha, a pesar de que jamás logró liberarse totalmente de su acento. Su figura y biografía están envueltas por el secreto y el enfrentamiento, algo que se aprecia en su trabajo.

Una exposición de 186 fotografías positivadas por nuestro artista, quien aprendió a conciencia las técnicas del laboratorio, da una exhibe de su trabajo en la Fundación Mapfre, en La capital española. Brandt controlaba con habilidad los trucos del retoque y se encargaba él mismo de llevar a cabo sus copias y ampliaciones. «El efecto final de la imagen es dependiente en buena medida de esas operaciones, y solo el fotógrafo sabe lo que quiere», escribió en uno de sus libros, ‘Camera in London’.

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Criadas de Londres.
Criadas de Londres. / BILL BRANDT

La exhibe refleja medio siglo de su quehacer, en el que se conjugan todas y cada una de las disciplinas del género: informe popular, retrato, desvisto y paisaje, formas que cultivó siempre y en todo momento con acierto. Como testigo de su tiempo, ilustró los desolados panoramas industriales de su país de adopción, la mugre del minero tras un día extenuante de trabajo, y contrapuso las imágenes de los de arriba y los de abajo, la jerarquía popular entre potentados y servidumbre. Sus desnudos indican un afán en fase de prueba asombroso: hechos en la playa, la carne se funde con la piedra para ofrecer una imagen en que se entretejen lo mórbido y lo granítico, lo efímero y lo imperecedero.

Tuberculosis

Su interés por la fotografía data de su juventud, en el momento en que su familia le manda a los sanatorios suizos de Agra y Davos para volver como estaba de su tuberculosis. Además de las curas a partir de respirar aire limpio, asistió a un psicoanalista que prometía eliminar la dolencia en el diván. Es incierto que las teorías freudianas le sanaran, pero sí que penetraron en su cabeza hondamente, lo que se reflejan en la obra de este genio del retrato que escondía su árbol genealógico, poblado de adinerados ancestros rusos.

En el París de finales de los años veinte entró en contacto con las vanguardias y el surrealismo, más allá de que Brandt prefirió emprender la verdad de los distritos periféricos antes que las ensoñaciones oníricas. Transformado en el enorme documentalista y poeta de la vida cultural y popular de Londres, trabajó para gacetas como ‘Weekly Illustrated’, Lilliput’ y ‘Picture Articulo’. En el momento en que reventó la II Guerra Mundial, acometió 2 de sus mucho más increíbles trabajos. Uno versaba sobre los ciudadanos que se refugiaban en el metro a lo largo de los bombardeos nocturnos. Cuerpos arracimados transmitiéndose unos a otros el calor. La otra importante empresa fue atrapar la esencia del Londres fantasmal y desértico, sumido en la obscuridad para burlar las bombas.

Ilustró los desolados panoramas industriales del Reino Unido y resaltó por régimen del desvisto
 

Más allá de la pluralidad temática de sus inquietudes hay algo incesante en su legado: la presencia obsesiva del ‘unheimlich’ (lo «siniestro», lo que genera inquietud, según Freud), situación que provoca que las fotografías de Brandt ocasionen atracción y rechazo por igual, «fascinen siempre y en todo momento al espectador», en expresiones del comisario de la exhibe, Ramón Extienda, instructor de Comunicación Audiovisual en la Facultad del País Vasco.

Bill Brandt trabajó para gacetas como ‘Harper’s Bazaar’, lo que le dejó fotografiar a personalidades como Francis Bacon o Henry Moore. Para atrapar la imagen del primero empleó un enorme angular que proporcionó al retrato una atmósfera extraña, algo recurrente en sus instantáneas.

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