«Atribuir a Wagner las terribles acciones de Hitler es un error»

Richard Wagner y Cósima, su segunda esposa, en 1872. / Fundación Wagner

El crítico musical Alex Ross analiza en un colosal ensayo el poderoso y perpetuo influjo del genio alemán en las artes, la política, el pensamiento o el cine

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Miguel Lorenci

Al escuchar la música de Wagner se pueden sentir deseos de invadir Polonia, como le ocurría a Woody Allen, tener escalofríos o ganas de vomitar pensando en el Holocausto, o de ascender al Walhalla guiados por Odín y las valquirias. Tan proteico es el genio de Richard Wagner (1813-1883) que el influjo de su legado en el arte, la política, el pensamiento y, desde luego en la música, pervive y se agiganta 138 años después de su muerte. «Rivaliza con Shakespeare en alcance universal», asegura Alex Ross (Washington, 53 años), autor de ‘Wagnerismo’ (Seix Barral), un monumental ensayo de casi mil páginas que escruta todos los perfiles del controvertido compositor alemán.

Aborda Ross todos lo ‘wagneres’ posibles, reales, alternativos e imaginarios: genial, misógino, feminista, antisemita, socialista, anarquista, romántico, simbolista, satánico, homosexual, animalista, vegetariano o teosófico. También el negro o el judío. Confirma así que wagneriano es un adjetivo tan reconocible y expresivo como kafkiano o felliniano.

Con su colosal y cautivador ensayo quiere Ross «equilibrar» las múltiples y contrapuestas perspectivas de la figura de Wagner, uno de los compositores más sublimes e influyentes de la historia, pero también un redomado «supremacista y antisemita» del que Hitler quiso apropiarse.

Advierte su autor que ‘Wagnerismo’, subtitulado ‘Arte y política a la sombra de la música’, «no es ni una apología ni una condena». Es «la educación de mi vida» y fruto de una concienzuda investigación de una década para desentrañar la madeja de la decisiva influencia de Wagner, «en ocasiones luminosa, a veces nefasta, no solo en la literatura, el teatro, la arquitectura, el arte y el cine, sino también en la vida intelectual y la política».

La reputación del compositor se contaminó para siempre por la ideología nazi «lo que no minimizó el enorme influjo que ejerció sobre una increíble sucesión de doctrinas, movimientos y artistas», reitera Ross, uno de los más reputado críticos musicales del mundo que refuta la identificación Wagner-nazismo y lamenta que se reduzca al creador de la obra de arte total al cliché de ser «el hilo musical del Holoausto».

«Atribuir a Wagner las terribles acciones de Hitler es un error», sostiene Ross, que destaca cómo el genocida nazi mostró interés por el compositor «antes de radicalizarse». «Es erróneo que Hitler defina la percepción que tenemos de Wagner», insiste Ross en un encuentro virtual con periodistas españoles desde su casa en Los Ángeles. Pese a la ideología que se atribuye al compositor de ‘Parsifal’, ‘Tristán e Isolda’ o ‘El anillo del Nibelungo’, «muchas de sus expresiones fueron bien acogidas por la izquierda, el movimiento feminista y las culturas africana y judía».

Fue el poeta e historiador Peter Viereck quien en 1939 identificó a Wagner como «el manantial individual quizá más importante de la ideología nazi». «La campaña de Hitler para exterminar judíos formaba parte de su amor por Wagner», escribía en 1997 Joachim Köhleren en el libro ‘El Hitler de Wagner. El profeta y su discípulo’. «Hitler alimentó este tipo de especulaciones afirmando que un encuentro temprano con ‘Rienzi’, cuando escuchó de joven esa ópera de Wagner, le impulsó a emprender una carrera política», escribe Ross. Pero aclara que destacados historiadores del Tercer Reich no conceden credibilidad a sus palabras «y dudan de que Wagner desempeñara un papel significativo en la evolución política del dictador».

Alex Ross reputado crítico musical de ‘The New Yorker’ y autor de ‘Wagnerismo. /

Josh Goldstine

El ensayo aborda la «misoginia evidente» que marcó la relación de Wagner con las mujeres y que para algunos sería evidente en muchas de sus protagonistas femeninas, víctimas de muertes trágicas y fatales desenlaces en sus óperas. Argumento que resulta, de nuevo, escurridizo y matizable para Ross. «Los papeles femeninos de las óperas de Wagner inspiraron a muchas mujeres del siglo XX porque representaban libertad y ofrecían un retrato heroico de la mujer», afirma.

Alargada sombra

Ross inicia su ensayo tras la muerte de Wagner y rastrea la influencia del compositor alemán en Nieztsche,_Baudelaire, Proust, Virginia Wolf, Tomas Mann o Francis Ford Coppola. Y es que para su autor, «lo verdaderamente extraordinario es que, tras su muerte, su sombra siguió creciendo».

«No es necesario amar a Wagner o su música para dejar constancia de las asombrosas dimensiones del fenómeno», detalla Ross, que da cuenta de las apropiaciones, mitificaciones, transformaciones y deformaciones que experimentaron Wagner y su música desde la muerte del compositor, en la tarde del 13 de febrero de 1883, a los 69 años en el Palazzo Vendramin Calergi de Venecia. Allí comienza a agigantarse a leyenda del ‘Hechicero de Bayreuth’, el genio «a quien Nietzsche describió como una ‘erupción volcánica de la capacidad artística completa, indivisa, de la naturaleza misma’, y a quien Thomas Mann llamó ‘probablemente el mayor talento de toda la historia del arte’».

Crítico musical de ‘The New Yorker’, el primer libro de Ross, ‘El ruido eterno’ (2009), fue finalista del Pulitzer y un bestseller multipremiado. En ‘Escucha esto’ (2012), otra de sus obras, enlaza a los clásicos con el pop y el rock. Ha sido profesor de escritura en Princeton, tiene un doctorado honorífico de la Manhattan School of Music y ha ganado infinidad de premios.

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